Club de lectura: Quemar las naves

No sé cómo lo hacemos, pero cada vez nos cuesta más entrar en materia en el club, parece que hiciera meses que no nos vemos en lugar de dos semanas. Siempre hay cosas que contar e intereses por los que preguntar: este grupo se ha convertido en una pequeña familia, en la que nos ayudamos en todo lo que podemos. Además, el pasado viernes estuvimos de enhorabuena porque hay una nueva incorporación: Marisa, que ya había pertenecido al club hace tiempo y ahora ha podido retomar las sesiones. Bienvenida a esta pequeña gran locura, esperamos que disfrutes mucho.

Lo primero de lo que hablamos fue del gran malentendido, por llamarlo de alguna forma, que se produjo con el Premio de Traducción: el galardonado fue Ramón Buenaventura, a quien la alegría le ha durado menos de veinticuatro horas. El premio se da a traducciones de lenguas extranjeras al castellano, y en este caso, el autor premiado había traducido a Santa Teresa del castellano al euskera. Y en menos de un día se lo quitaron. Sin comentarios.

En el apartado de recomendaciones destacaron varios libros: Botas de lluvia suecas, de Mankell, que a Belén le ha encantado. Nos explicó que tiene tintes o apariencia de novela negra en la que, en un principio, parece que no ocurre nada, pero la ternura con la que está escrito la ha dejado impresionada. También hablamos de La casa de la alegría, de Edith Wharton, novela decimonónica que recomendó Elena en otra sesión y que ya está leyéndose por algunas integrantes. Pilar nos habló de Los herederos de la tierra, de Ildefonso Falcones, que, con sus propias palabras, “la ha tenido enganchada” hasta altas horas de la madrugada. Hay otras lectoras que ya están con él así que dentro de poco nos darán su opinión. Teresa está leyendo SPQR, de Mary Beard, un ensayo sobre la historia de Roma que hay que leer con calma y del que ya nos contará sus impresiones cuando lo termine.

Y comenzamos a comentar el libro de la quincena: Quemar las naves, de Alejandro Cuevas. Justo antes, como siempre, leímos un poema relacionado con la novela; en este caso un soneto de César Vallejo.

Lo primero, un pequeño resumen del argumento del libro: el protagonista, Eurimedonte, es un hombre casado y con dos hijos que se autocalifica como “bohemio” y que está en crisis con su mujer. El autor utiliza nombres griegos para todos sus personajes y narra un momento concreto en la vida de la pareja.

A partir de aquí comenzamos a comentar los detalles de esa vida que llevan los protagonistas, que parecen abocados al fracaso, si es que no lo están ya, pero continúan juntos por inercia, quizá porque es más fácil que romper con todo y comenzar de nuevo. No obstante, a pesar de los nombres grandilocuentes, la relación entre el matrimonio es más común de lo que en un principio se puede pensar. En este caso nos encontramos con un hombre que no se dedica a nada, afirma que es poeta pero apenas escribe, cada tarde se reúne con sus amigos en el bar de Ganímedes y lleva un par de días en coche al instituto a su hijo mayor. Parténope, su esposa, es funcionaria, sabemos que trabaja en una oficina y tiene un pacto no escrito con su marido para que se ocupe de las tareas del hogar. Pero él nunca lo hace: obsesionado con la fama y con el fracaso, vive en un mundo prácticamente infantil, de inmadurez absoluta. Está dolido con el universo porque esperaba algo de la vida y la vida no se lo ha dado, y no ha sabido sobreponerse y seguir adelante. Mientras, Parténope es la que pone los pies en la tierra en esa casa, la que saca del fango a toda la familia.

Todas estuvimos de acuerdo en que al autor recurre a la hipérbole para crear un personaje con el que cuesta empatizar, por mucho que se intente. A mí, personalmente, el protagonista me resulta odioso: prepotente, vago, inmaduro y egoísta. Entre todas llegamos a la conclusión de que el autor realiza con esta novela una crítica al declive de las Humanidades, ya que los únicos personajes que han triunfado se han dedicado a las ciencias o no han estudiado nada. Nos muestra un mundo distópico en el que ya vivimos: donde las bibliotecas han desaparecido, los libros se compran, si se compran, en los supermercados, donde lo establecido es ser analfabeto y la ley que sirve es la de “tanto tienes, tanto vales”. Creemos que pretende hacer una defensa del escritor, pero es tal la exageración que la crítica se pierde en la ironía.

Ha habido un personaje que nos ha desconcertado, no hemos logrado desgranar su significado; estamos todas convencidas de que es una metáfora de algo, pero no hemos conseguido encontrar el elemento real: se trata del niño de estaño, el hijo pequeño de la pareja. Literalmente, es un niño de metal que no hace nada, no se mueve, no se alimenta, no interactúa… Después de mucho hablarlo llegamos a la conclusión, no sabemos si acertada, de que este niño es una metáfora de la propia pareja, del momento en que se encuentran, de esa falta de entendimiento y el distanciamiento absoluto.

Nos pareció una novela muy pensada, extremadamente trabajada, quizá en exceso para lo que finalmente quiere contar. Se realiza un crítica desde el rencor más profundo que produce el fracaso.

En cualquier caso, la sesión dio muchísimo de sí, como suele suceder con libros que no han gustado demasiado. Quizá la crítica nos agudiza el ingenio, quizá el debate engrandece las novelas. Lo que sí es seguro es que dos horas hablando de libros pasan muy, pero que muy rápido. Esperamos la siguiente sesión con muchas ganas. quemar-las-naves

Quemar las naves

Alejandro Cuevas

114 páginas

Editorial Multiversa

4 comentarios en “Club de lectura: Quemar las naves

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